Un relato lleno de sensibilidad que rinde homenaje a Ángela Miguel González, una de esas mujeres cuya dedicación silenciosa ha dejado una huella imborrable en la historia de nuestro colegio.
En el corazón de cada centro escolar existen figuras que, aunque a menudo estén alejadas de las aulas, sostienen el día a día y forman parte del alma de la institución.
En la XIV edición del Concurso de Relato Corto Beatriz Galindo, organizado en el distrito de Latina, Marta Díaz de 1ºC de la ESO ha sabido capturar a la perfección esta esencia. Nuestra alumna ha conseguido el segundo premio de esta edición, que versaba sobre mujeres que han dejado huella en nuestro distrito.
Lejos de buscar grandes hazañas, el relato ganador brilla por su profunda sensibilidad y cercanía.
La alumna ha elegido como protagonista a una figura muy especial de nuestra comunidad: Ángela Miguel González, “eterna secretaria de nuestro colegio y amiga de mi abuela” según palabras textuales de Marta. A través de su relato, esta pequeña escritora no solo rinde un merecido homenaje a una persona que dedicó años de servicio a nuestro centro, sino que nos recuerda que los verdaderos héroes y heroínas son aquellos que marcan nuestras vidas con su dedicación diaria.
¡Enhorabuena, por este brillante relato y por inmortalizar una parte tan importante de nuestra historia escolar!
Virginia Puelles Abecia
#somosgamodiana #somosredentoristas
ENTRE PAPELES ( Ángela Miguel González )
Un día más, pero también un día menos. Porque entre papeles y más papeles va pasando la vida…toda una vida de dedicación plena a su colegio y a su secretaría. Una notificación, un recibo, una factura, un listado interminable con sus nombres, apellidos, cursos, grupos, direcciones postales y todo tipo de detalles… y allí estaba ella, entre todo ese papeleo.
Nacida en un humilde pueblo de Zamora tuvo una infancia quizá muy diferente a la de una niña de hoy en día. En aquella época, los juegos no tenían nada en común con los juegos actuales. No existía la tecnología ni los juguetes modernos; ni qué decir tiene que no existían los coches teledirigidos, ni los videojuegos, no te podías crear tus propias joyas, ni existían los medios de comunicación como los conocemos ahora, con lo cual, todo se reducía a jugar en la calle o en la plaza del pueblo después de salir de la escuela, pero eso sí, solo a aquellos juegos en los cuales podían participar las chicas porque los juegos de balón eran impensables para nosotras: ¿Una niña jugando al fútbol? Uf, para nada. ¿Una niña subiéndose a un árbol? No, imposible. En aquel momento, solo podíamos mirar.
Esa niña fue haciéndose mayor y tenía muy claros sus objetivos y todo pasaba, aun sintiéndolo mucho, por salir del pueblo que la vio crecer.
-Hermana, ¿y si nos vamos del pueblo?
-Por mí perfecto, vete haciendo el equipaje.
Como era tan difícil encontrar un trabajo en su localidad, el destino la llevó con su maleta llena de ilusiones hasta un barrio que todavía estaba emergiendo en la periferia de Madrid: Aluche, con sus calles a medio asfaltar y llenas de nombres de pueblos toledanos.
Era una mujer independiente, astuta, graciosa, amable y muy sonriente, cualidades que en ese entonces eran muy valoradas, pero también era una mujer de carácter, muy enérgica y junto a su hermana formaban un tándem perfecto.
Cuando llegó a su lugar de destino, se topó con una mujer que residía allí desde hacía años y que le enseñó todo el barrio de pies a cabeza; una mujer que también había emigrado de su pueblo al igual que ella, estrechando una relación de confianza y haciéndose muy amigas.
Después de mucho tiempo buscando empleo, las hermanas encontraron el trabajo de sus sueños en un colegio cercano a su domicilio. Allí, su hermana mayor, que era maestra, se dedicaba a enseñar a los más pequeños y ella se encargaba de los papeleos.
En la secretaría, entre tantos documentos, tenía un sello muy querido por los niños y por ella; cualquier tipo de papel tenía que llevarlo estampado. Era todo un ritual: niño que pasaba por su despacho se llevaba un sello puesto, bien en una carta, en las notas o en la frente si era necesario. Y por eso, lo guardaba como un tesoro de un libro de piratas en el fondo del cajón custodiado bajo siete llaves.
Era una apasionada de su trabajo.
Entre sus múltiples cualidades, tenía dos que la definían y la hacían ser muy diferente del resto de los mortales, que era ser una mujer tremendamente ordenada y tener muy buena memoria, qué digo muy buena memoria, una memoria de elefante y gracias a esta cualidad, se sabía los nombres de todos los profesores y niños del colegio y aunque pasasen veinte años, ella se los sabía igual. Recuerdo cuando aparecía un antiguo alumno por allí o se encontraba con algún familiar por la calle, los llamaba a todos por sus nombres y apellidos como si estuvieran en su despacho para ponerles el sello.
Pero había algo que le gustaba aún más: mirar por la ventana para ver el sol resplandeciente, el cielo azul y a los niños jugando y pasándoselo bien en el recreo. Por un momento su mente volvía a su infancia por las calles de su pueblo de Zamora.
Fue pasando el tiempo, un día, una semana, un mes más y así sucesivamente transcurrían los años hasta perder la cuenta. ¡Qué bien lo pasaba con su hermana y con la mujer que las acogió recién llegadas a Madrid! Pero cuando todo parecía estar bien, hubo un momento en el que todo paró; llegaron los días grises, la preocupación, la resignación, la pena y también la fortaleza para salir adelante ante los golpes y los giros de guion porque por mucho que queramos o por más que nos empeñemos, todo está escrito, todo está ordenado, todo tiene su espacio…como si fuera un papel más de los papeles que guardaba en los cajones de su mesa en el despacho.
Esa hermana que se fue con ella de Zamora, esa hermana que daba todo por ella, esa hermana que lo era todo, su único apoyo familiar…es cierto que la vida tras su ausencia ya no fue la misma. Estaba muy triste y desolada, tanto que ni siquiera tenía las ganas y las fuerzas de hacer las cosas que más le gustaban, una parte de ella también se había ido con su hermana. La casa demasiado sola, todo demasiado vacío. Aún resuenan en el salón las charlas y las risas interminables; al entrar en la cocina, parecía seguir oliendo a la canela de la leche frita, su postre preferido. ¡Qué maravilla cuando nos traía una bandeja a casa! ¡Qué sobremesas contándonos historias del colegio y de cómo ha cambiado todo! Hasta que se dio cuenta de que tenía que salir de ese bache, seguir su sueño para dedicárselo todo a su hermana.
Y siguieron pasando los años y con ellos muchos más niños pasaron por su secretaría y entre papeles y más papeles también hubo tiempo para las nuevas tecnologías, aunque ella siempre se seguía acordando de todos los nombres de los alumnos como el primer día.
Y sin darse cuenta, y como si hubiese pasado un solo instante, llegó el momento de decirle adiós al sueño de una niña que vino con la ilusión de forjar un camino inolvidable en el barrio de Aluche… Llegó el momento de la jubilación y una nueva vida se abrió a sus pies. No tener que madrugar, no tener que memorizar aquellas listas interminables ni tener que ordenar los cajones del despacho. Quedaba con su amiga de toda la vida y con un amigo más reciente y el tiempo se les iba en visitas turísticas o comidas típicas de los sitios a los que iban de viaje, pero faltaba alguien: su hermana.
No sabemos si fue la pena o la falta de su compañía y su presencia que quiso juntarse con ella, y ahora sé que están las dos de la mano allí arriba cuidándonos y sigue organizándolo todo como si estuviese en el colegio.
Nos ve desde su ventana y seguro que tiene un sello, uno propio guardado bajo llave como nos guarda a nosotros, como nuestro ángel, bueno, como nuestra Ángela.
En memoria de Ángela M.G., eterna secretaria de nuestro colegio y amiga de mi abuela.

