XIII Certamen Literario Beatriz Galindo

Se ha publicado el libro de los relatos ganadores en el XIII Certamen Literario de relato Corto Beatriz Galindo, en el que nuestra alumna Laura Mayoral Casado de 4ºA consiguió el 3º premio con el relato titulado La mujer de los robots andantes. La temática central de dicha edición del concurso, organizado por el Distrito de Latina en Madrid, fue “Mujeres emprendedoras”. Se invitó a los estudiantes a escribir sobre mujeres que, en cualquier época, han destacado por su iniciativa y logros. Laura escribió sobre Elena García Armada, una  destacada ingeniera y científica española, reconocida mundialmente por inventar el primer exoesqueleto biónico.

Auguramos un futuro prometedor a nuestra escritora.

La niña de los robots andantes

Me llamo Elena García Armada. Nací en el año 1971, en Valladolid, hija de una familia intelectual claramente amante de las ciencias. Mi padre se había especializado en el campo del electromagnetismo, mientras que mi madre estaba más interesada en la física. Podría ser cosa de los genes, sin embargo, sé con certeza que la ciencia me fascinó prácticamente desde que tengo memoria. Durante toda mi infancia me dediqué a experimentar con muchos de mis juegos y juguetes. Recuerdo que trataba de abrir algunos de ellos y observar su funcionamiento interno hasta conseguir comprenderlo del todo. Mis padres pronto notificaron este creciente interés e intentaron que siguiera creciendo cada vez más. No tenía ningún tipo de restricción o prohibición en cuanto a qué o con qué podía jugar, yo era libre de elegir. De pequeña, descubrí que también me gustaba ser creativa con los lápices, tanto que llegué a suplicar unas clases de arte. Descubrí también el placer de leer un buen libro y alguna que otra afición más, pero siempre acabé volviendo a interesarme por la ciencia. Además, mis padres siempre se molestaron en explicarme el porqué de las cosas, lo que fomentaba mi atracción por ella. A medida que mi edad aumentaba, la magnitud de mis ambiciones lo hacían con ella. Cada vez tenía en mente proyectos más grandes y mejores. Siempre andaba pensando en las cosas que se me iban ocurriendo, a las que añadía cada vez más funcionalidades y mejoras. Finalmente, mi interés voló y se asentó en todo lo relevante y cercano a la robótica. Me pareció increíblemente maravilloso el concepto de poder crear algo de la nada y conseguir programarlo para que pudiera hacer algo, aunque fuera un mínimo movimiento. Era como crear vida.

Continué almacenando conocimientos sobre robótica cada vez más avanzados hasta que pude continuar mis estudios de forma superior. Yo no quería irme de casa inicialmente, dejar el sitio donde había pasado toda mi niñez dolía, pero necesitaba crecer y aprender más. Decidí que, si para ello debía alejarme de mi espacio seguro, mi casa de la infancia, pues así lo haría. Quería expandir mis horizontes. Finalmente, mi camino se fue dirigiendo hacia el sureste por la península, dirección a la capital. Más concretamente, mi elección fue la Universidad Politécnica de Madrid. Allí comencé a estudiar a mis dieciocho años para conseguir mi título en Ingeniería Industrial.

Fue un proceso largo y tedioso. Los primeros cinco años pasaron lentos, pero fueron productivos. En verdad la experiencia de poder ir a la universidad en la capital española era mejor de lo que me podría haber esperado. Estaba contenta con el plan de estudios y contaba con unas instalaciones que me sorprendieron muy gratamente. El profesorado era bueno casi en su totalidad. Aunque la vida universitaria dejaba algunas cosas que desear, no eran demasiadas. La independencia no era un concepto recién descubierto para mí precisamente, pero había importantes novedades, como el hecho de tener tu propio espacio, controlar tu dinero y gastos, o poder salir y gestionar tu tiempo a placer. Estas no se acercaban ni de lejos a lo que había vivido antes en mi casa familiar. Echaba menos el calor del hogar y la presencia y conversaciones con mis padres. Hablaba con ellos y con el resto de mi familia todas las veces que se me presentara la ocasión. Era imposible olvidarme de ellos. Ciertamente, la distancia que nos mantenía separados no era una cosa desorbitada; hacíamos por vernos siempre que podíamos.

No deje de estudiar durante algunos años, y así conseguí mi doctorado en Ingeniería Industrial. En ese tiempo, pasé por otra nueva mudanza, esta vez más impresionante todavía. Emigré hacia

el noroeste de los Estados Unidos para acabar de finiquitar mis estudios en el Instituto de Tecnología de Massachusetts o MIT (en inglés, se denomina Massachusetts Institute of Technology). Es de los mejores centros tecnológicos de todo el mundo, del que salieron gran cantidad de científicos de éxito. Cuenta con muchos recursos que pone en las manos de los estudiantes para que puedan mejorar al máximo todos sus proyectos. Es el objetivo de muchos estudiantes que quieren ampliar sus conocimientos o su formación, incluso aunque no sean de los Estados Unidos. Durante mis estudios allí, en el año 2000, conseguí crear el técnicamente primero de mis grandes logros: el Proyecto SILO 4. Era un robot diseñado para ayudar en catástrofes, principalmente en rescates o labores de reconocimiento. Podía también utilizarse en procesos de desminado, es decir, para encontrar y extraer minas terrestres incrustadas o escondidas en el suelo. Tenía un gran potencial para adaptarse al terreno e incluso podía usarse en el transporte de cargas pero, a pesar de su enorme potencial, su utilización fue prácticamente nula.

Dos años después, en el año 2002, obtuve el doctorado por la Universidad Politécnica de Madrid. Sin ser eso suficiente, continué mis estudios en Massachussets hasta que volví a la capital. Una vez que estuve de vuelta, dirigí mis pasos hacia un edificio verdaderamente importante, aunque no muy conocido por muchos. Me refiero al Consejo Superior de Investigaciones Científicas o CSIC. Es una organización que se dedica a la investigación, tanto científica como tecnológica. Una de las mejores de España y reconocida incluso en Europa. A simple vista, prometía ser el sitio ideal para mí, y no me defraudó. Logré incorporarme al Consejo específicamente otros cinco años más tarde, en 2007.

Me adapté rápidamente y me asenté en el CAR o Centro de Automática y Robótica, uno de los muchos centros de investigación del Consejo. En este, nos centramos principalmente en el desarrollo de sistemas automáticos y en la robótica, como bien indica su nombre.

Supervisé y ayudé en varios proyectos hasta que llegó un día que me cambió la vida. Todo empezó con un sencillo correo que apareció inesperadamente en mi bandeja de entrada. Pese a no reconocer al remitente, me pudo la curiosidad y decidí abrirlo. Se me rompió el corazón en mil pedacitos. El correo estaba escrito por una pareja que solicitaba mi ayuda para algo muy importante, lo más importante para ellos. Su hija. Según decía el correo, tenían una niña de tres años llamada Daniela con un gran problema.

Tenía tetraplejia.

Tras un accidente de coche, con tan solo un año de edad había perdido la movilidad y sensibilidad en sus extremidades, es decir no podía mover ni las piernas ni los brazos. En el correo preguntaban si en el CSIC podríamos hacer algo para ayudar a su pequeña. Me conmovió su historia e inmediatamente quise hacer todo lo que pudiera por Daniela. Respondí al correo diciendo que por supuesto me gustaría ayudar y les invité a venir al edificio del Consejo para que habláramos más a fondo del tema. Acudieron puntuales a la cita el día acordado y hablamos largo y tendido. Les hable con la sinceridad que merecían. En aquel momento no existía en el mundo una solución para el grave problema de Daniela. Es cierto que existían exoesqueletos para la tetraplejia, pero únicamente para adultos. Les hable también desde el corazón asegurando que haría todo lo que pudiera para que un día su hija pudiera andar y ellos pudieran recuperar la sonrisa que les borró ese fatídico accidente. Ese mismo día, les prometí hacer todo lo que pudiera para conseguir crearlo yo misma. Aquel era el reto más importante al que me había enfrentado hasta el momento.

Lo convertí en mi nuevo proyecto, mi nueva prioridad y donde volcaba todo mi esfuerzo diariamente.

Creamos varios prototipos basándonos en los ya existentes modelos de exoesqueletos, pero necesitaban muchos cambios. Este modelo se tendría que adaptarse al crecimiento del niño, tener un movimiento cómodo, no ser demasiado grande ni pesado, mantenerle seguro y además ser accesible económicamente para las familias. Eran muchos retos y dificultades que sobrepasar.

No fue nada fácil, pero tras cuatro años conseguimos crear el primer y único exoesqueleto pediátrico de todo el mundo. Lo llamamos Atlas 2020. Era un dispositivo que constaba de una “mochila” con baterías y todas las barras que sostenían al niño en pie. El exoesqueleto en si consistía en una tira que ajustaba firmemente el cuerpo a la “mochila”, de la que salían las barras que se ajustaban a sus piernas. Tenían almohadillas por delante y por detrás, un poco por encima de la rodilla, para sujetar las barras al cuerpo. Lo mismo sucedía a la altura del tobillo, donde el exoesqueleto ya se unía a unos zapatos. También contaba con unas ruedecillas en la cadera, rodillas y tobillos que mantenían las barras unidas entre sí, pero permitiendo al pequeño doblar las rodillas. Quien lo utilizara debía llevar un par de muletas en las manos o ir sujetado por alguien más para sostenerse. El dispositivo no era infalible ni mucho menos perfecto, pero podía permitir caminar a los niños.

En 2013, llegó el día más esperado para aquella familia. Ese día, Daniela pudo caminar por primera vez desde que tenía memoria. La sonrisa que puso al dar un par de pasos ella sola fue y siempre será una de las cosas más bonitas que he visto en mi vida. Iluminaba la habitación, radiante como si fuera el mismísimo sol en su pequeña boca infantil.

Ese mismo año decidí que todas las familias en una situación similar debían poder tener acceso al Atlas. Como resultado, entre algunos de mis compañeros del CAR y yo creamos una nueva empresa llamada Marsi Bionics. Dicha empresa tenía un único propósito: comercializar los proyectos innovadores y las tecnologías creadas por los ingenieros del CAR.

Han pasado más de diez años desde que creamos el Atlas 2020. Actualmente es un modelo mejorado llamado Atlas 2030 que permite a los niños moverse sin necesidad de muletas. En estos años hemos conseguido comercializarlo internacionalmente. En España lo hemos lanzado principalmente en Valladolid, Salamanca y Burgos.

En este tiempo, muchos niños han recuperado la capacidad de caminar y la sonrisa que perdieron cuando se les arrebató. Pero aún quedan muchos más y yo me comprometo a seguir mejorando hasta llegar a todos ellos.

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